Recién llegada de Turquía, ya había probado un poco mi experiencia en el arte del regateo, así que me disponía a dar unas lecciones a M., que se confesaba ser fatal en ese ámbito.
Nuestro primer día en el zoco fue frustrante. Miles de paradas iguales, motocicletas pasando a nuestro alrededor, multitud de comerciantes intentando atraer nuestra atención desgañitándose o utilizando las frases más originales del idioma español: “¡cállate Karmele!”, “¡andreita, coño, cómete el pollo!”, “aquí más barato que en Carrefour”, etc.
Al principio nos resultó hasta gracioso. Un par de mal de ojos más tarde, unos cuantos regateos sin éxito y con un calor de espanto decidíamos que estábamos hasta el moño de comprar en Marrakesh.
El último día en el Zoco fue toda una revelación.
El trabajo en equipo era impecable: M. regateaba, yo le decía que no pagase más de cierto precio, y E., desde fuera, nos metía presión con el pretexto de que íbamos a llegar tarde al aeropuerto.
Pero las últimas escenas fueron las más impactantes: M. se apoderaba de la conversación con los comerciantes, les fijaba un precio y no se bajaba del burro. “100 dirhams, y sinó me voy a tu compañero de en frente que seguro que me lo vende”.
“Hemos creado un monstruo”, confirmaba E.
C.
No hay comentarios:
Publicar un comentario