No sé si le suele pasar a mucha gente, pero a mí, especialmente, pasearme por los largos pasillos que desprenden ese olor a plástico barato (el caro es el que se ponen en la cara las famosas) de los chinos me mola, y mucho.
El hecho de pasarme una mañana intentando comprarme algo decente para el invierno incrementa el poder atrayente de los chollos en los chinos. Nunca he entendido ese extraño sentimiento de felicidad que me entra cuando voy. Quizás mi vida sea triste o quizás es lo que considero mi pequeño disneyworld en la esquina de la calle.
Normalmente no voy a por nada en concreto, solo deambulo en busca de distracción -hay quien mira por la ventana, espía a su vecino o busca hombres hot en internet-, y así repaso pasillo por pasillo en búsqueda de alguna ganga que me haga fliparlo. Veo material del cole (¿pintarán esos colores? me pregunto), palos de escobas con topos (da igual, barrer es lo de menos, pero que entren en tu casa y decir: ¿a qué mola mi escoba? ...sí, esa es la sonrisa y felicidad efímera que busco yo en los chinos.
Sigo paseando, alguna parte de la sociedad piensa que los chinos solo sirven para salvarte de algún apuro en momentos puntuales: suplerglue, papel de envolver...Necios! No son conscientes del gran ejercicio mental que supone este local: yo recorro pasillos, miro y analizo y muchas veces tengo que fruncir el entrecejo porque no sé que **** son muchas cosas. Esa es una de las grandezas de los bazares, lo tienes que tocar, estudiar, etc…¿y sabéis qué? Son cosas tan raras que siempre serán lo que vosotros queráis que sean.
Mi última experiencia fue este lunes. Era feliz, no necesitaba alegrarme con ninguna compra inútil, pero fui. Allí ví un pasillo rosa, rosa de ese que duelen los ojos, incluso a mi…A medida que me iba acercando pude ver que se trataban de peluches y pensé: oh, genial…Hello kittys a low cost…Me lancé en picado, tuve que esquivar una señora que intentaba arreglar una rueda de una maleta Luis Puttón made in China, luego una niña con un diavolo (pensé que luego le diría que estaba totalmente pasado de moda, no sea que de mí dependiera un trauma por bullying) y llegué, llegué al glorioso pasillo rosa. Giré ansiosa hacia la estantería y allí estaban, las versiones de la Duquesa de Alba, la misma Cayetana Fitz-James Stuart de la gata que hacía felices a tantas niñas: eran deformes, achinadas y despeluchadas…sentí náuseas, ¿como podía ser que hicieran de una kitty algo siniestro y feo?...
Con la excusa de ser la noche de Halloween, mis amigos organizan cada año una cena dónde nos juntamos todos y pensé en aprovechar la oportunidad y probar las pestañas postizas. Era la mejor noche para probarlo: si quedaban bien iría divina, si quedaban mal daría muuuucho miedito.
Cuando le pregunté a la china donde podía localizarlas, ésta hizo un ruido similar a la de un porquino al que han molestado durmiendo y me hizo seguirla al paso de walking dead (tan simpáticos siempre y tantas ganas de trabajar!).
Cuándo me enseñó la caja no supe bien-bien la cara que puse, pero debió ser algo así como una mezcla de horror y un vale-gracias. Después de dudar un rato, examinando la caja decidí llevármelas: “total, así sales de dudas por 0.70”. Al llegar a mi casa, lo primero que hice como podéis imaginar fue encasquetármelas y les dije a mis padres: “Cuando baje me decís que tal eh? eh? eh? ehhhh?” y ellos que sí,que sí.
La ventaja de tener unos padres como los míos es que no les importa soltarte verdades como puños en toda la boca, aunque duelan. Y así fue, bajé y dije :¿qué taaaaaaaaaal? (más una sonrisa) y mi padre sentenció: “ostia M., si te pones un bombín puedes ir de la naranja mecánica”. Cerré los ojos intentando digerir mi derrota, cosa que fue peor, ya que las pestañas se me engancharon en las cejas y las sugerencias continuaron: “mira, ahora puedes ir del grinch!!”…
Muy abatida volví a mi habitación, las miré y las guardé. “Si alguna vez no me decido a suicidarme, me las pondré”.
Los chinos siempre tienen algo para cada momento.
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