Llevábamos la idea de volver de Marrakesh relajadísimas, y de momento, quitando el estrés de las compras, las lecturas de mano, los guías exigentes y los regateos, lo estábamos consiguiendo. La siguiente parada era un hammam, unos baños tradicionales. Equipadas con nuestros biquinis, toallas y chanclas del decathlon, nos dejábamos guiar por Charlie en los callejones de Marrakesh.
Al entrar pactamos el precio de dos baños, limpieza de pieles muertas y masaje de media hora.
Al entrar al hammam, un zulo de dos por dos, con una camilla en medio, un banco y una especie de pozo con agua, nos recibía una mujer en pijama, empapada en agua y sudor.
Nos hizo quitarnos los albornoces que nos habían prestado en el hammam (el de M. era del Real Madrid, había que decirlo) y empezó a bañarnos. Literalmente, como si fuésemos bebés. Posteriormente, ella y su compañera, también en pijama, nos hicieron tumbarnos y empezaron a rascarnos el cuerpo con un guante de crín. Un poco de dolor hizo que se nos cayera la piel a tiras, o al menos esa parte muerta que no necesitamos, y que descubrimos que era mucha.
Tras el fregoteo, nos dieron un masaje de media hora que nos supo a gloria. Y posteriormente, tras el relax experimentado, nos permitían subir a la terraza a tomar otro té con pastas.
La grata experiencia en el hammam hizo que quisiésemos que nos tratasen como princesas una vez más. Y ya conocéis el refrán: más vale poco y bueno, que mucho y malo.
La segunda experiencia, como os podeis imaginar, no fue tan buena. Llegábamos al mismo hammam gracias a Charlie, nuestro guía y protector cuando E. no estaba. Intentamos hacer gala de nuestra experiencia en el regateo, aunque no nos salió tan bien…la dueña del hammam, que más bien parecía la proxeneta del lugar, nos miró con cara de: wtf? cuando le propusimos la maravillosa oferta que íbamos a hacerle: un masaje de una hora para cada una por el fantástico precio de 200 dh (por la visita anterior habíamos pagado 350 dh, así que a nosotras nos pareció un trato razonable).
Nos acompañó a la terraza casi obligadas para que nos pensaramos lo del masaje mientras nos daban un zumo de melocotón y unas pastas. Zumo que alimentó a las plantas del lugar ya que nos dio miedo que nos intoxicara con algúna planta rara que nos hiciese acabar trabajando ahí como una de sus esclavas en pijama. El cruce de miradas asesinas entre M., yo y la señora había sido demasiado obvio como para tomarse un zumo de melocotón en ese momento.
Dos galletas más tarde, bajamos a decirle que nos íbamos, que lo sentíamos pero que no teníamos más dinero. La mujer aceptó el trato y nos dirigimos triunfales a la sala de cambio de ropa. Pobres inocentes…
Nos sacaron de allí en albornoz y nos pasearon por medio hammam, con medio Marrakesh dando vueltas por allí, nos llevaron a una sala con dos camillas pero esta vez solo una persona nos daba el masaje, por lo que una de nosotras (le tocó a M. ) tenía que esperarse a que la otra acabase. Por si eso fuera poco, no paraban de interrumpirnos, de abrir la puerta (y fuera parecía Las Ramblas de Barcelona en hora punta), y a medio masaje, alguien decidió que nuestra masajista cambiaba de turno y nos trajeron a dos pringadillas que no tenían ni idea de lo que hacían.
Qué osadía!
Salimos de allí escarmentadas, después de otro maldito té con pastas que ya nos supo a rayos, con instintos de ladronas para compensar el mal trato y recordando los efectos pacíficos que habían causado en nosotras la primera visita a ese hammam.
No creo que haya nada tan cruel como una marroquí-proxeneta-enfadada. Y nos volvimos de Marrakesh con ganas de pegar tiros, sin el arsenal de baratijas de zoco que pensábamos comprar, hartas de que nos timasen y con 10 nuevos males de ojo mínimo.
Viva Marruecos!
C.
No hay comentarios:
Publicar un comentario